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Fernando de Villena

Granada España

 

Aunque muchos no lo saben y otros no quieren saberlo, el poeta granadino Fernando de Villena es el autor de uno de los ciclos poéticos más ambiciosos, inquietantes y verdaderamente renovadores de cuantos se han producido en la poesía española de las últimas décadas. Este hecho lo convierte en referente obligado para un entendimiento riguroso de la última poesía española y en modelo cierto de las nuevas generaciones, que ya lo siguen con pasión. (J.Lupiáñez

La obra de Fernando de Villena es, ante todo, una lucha titánica contra el desgaste de las palabras, como si le hubiera sido dado conservar su legado contra el deterioro del tiempo y la proliferación de los nuevos bárbaros. Por otra parte, De Villena conecta con la tradición más renovadora de la literatura española, como la Generación del 98 y, más atrás, con el Modernismo, Romanticismo y Culteranismo. Pero, a la vez, es un autor profundamente imbuido de su tiempo, inserto en el más nuevo paradigma. (G. Morales)

ENTREVISTA  CON EL ESCRITOR FERNANDO DE VILLENA CON DIANA RIOS

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BIOGRAFÍA

Fernando de Villena (Granada, 8 de noviembre de 1956) es un escritor español y miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada.

De Villena es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, con una tesis sobre el poeta cordobés del siglo XVII Luis Carrillo de Sotomayor. Reside en la actualidad en Granada, donde es profesor de Literatura Española. Ha publicado novelas, varios libros de crítica literaria y poemarios. Su obra poética nace influida por la belleza y perfección formal de la poesía de los siglos de Oro (‘Pensil de rimas celestes’, ‘Soledades III y IV’ y ‘Damas reales’), para abrirse más tarde a influencias contemporáneas. Cada uno de sus libros es una aventura distinta, unidos por el culto a la palabra, el amor al pasado, el gusto por las imágenes nuevas y por el color, la emoción ante la naturaleza, ante algunas obras del hombre y, sobre todo, por la búsqueda incesante de lo bello y lo misterioso.

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  ENTREVISTA A MODO DE AUTOBIOGRAFÍA
            He aquí las respuestas a una amplia entrevista que me hizo Víctor Corcoba y que no llegó nunca a publicarse puesto que el periódico para el que iba destinada quebró por aquellas fechas. Muy someramente daba en estas líneas un resumen de cuanto fue mi vida hasta el año 2003. Después he viajado por algunos países americanos y por la India y me han sucedido otras muchas peripecias vitales, pero entonces yo me expresaba en estos términos:
            INFANCIA
 
            Mis ocho primeros años de vida fueron extremadamente dichosos gracias en parte a mis dos hermanos y a mis padres y mis tías. José Manuel era el mayor de los hermanos y ambos sentíamos la pasión por los tebeos. Con Ignacio, el más joven, compartí el gusto por la aventura en viejas casas deshabitadas. Mi padre es un hombre bueno que con su ejemplo nos encaminó siempre hacia la honestidad. Mi madre poseía un carácter inquieto y soñador que tal vez espoleó mis deseos de hacer algo importante en la vida.
            A partir de los nueve años mi existencia y mi carácter cambiaron. Yo había sido muy feliz en el colegio de monjas de Cristo Rey, donde se me trataba con respeto y cariño, pero apenas puse los pies en los Escolapios supe que mi Arcadia se acabó para siempre. Allí, como la mayor parte de los alumnos, salvo los chivatos, los hipócritas y los expertos en hacer la pelota, padecí bofetadas sin cuento, humillaciones y arbitrariedades. Además, en aquel tiempo, un susto terrible con un hombre que me persiguió por la calle, terminó de hacerme asustadizo y reconcentrado, y ello frente a la brutalidad de los compañeros más fuertes y despóticos. Un infierno, en suma, del que hablé en mi primera obra narrativa: “El desvelo de Ícaro”.
            ADOLESCENCIA
 
            Mi adolescencia fue una liberación. En España se percibían brisas de cambio y los curas escolapios, hipócritamente, comenzaron a plegarse a las nuevas circunstancias. Ya no pegaban bofetadas; habían empezado a escorarse hacia la izquierda. En ese momento, en torno a los catorce o quince años, conocí a mis primeros amigos de verdad: José Antonio López Nebot, que es también escritor, Alejandro Roldán, Fernando Castellón, Felipe Burgos, Evaristo Díaz Cabrera… También en ese instante se me abrió el mundo femenino. Y dejé de ser timorato y me convertí en audaz y seguro de mí mismo al comprobar que ellas me valoraban.
            Los dos últimos cursos de mis estudios medios los realicé en el colegio del sacromonte y ello supuso un nuevo deslumbramiento: de esos días nace mi amor por el pasado, por la Historia, y también por la Naturaleza. En aquel momento, en aquella soberbia abadía, supe por vez primera que yo sería escritor y de entonces datan mis balbuceos literarios. En este periodo y también en mi infancia y todavía hoy, los veranos en Almuñécar representaban y representan el paraíso.

 

 

Los escritores y académicos de las Buenas Letras, de izquierda a derecha, Francisco Gil CraviottoJosé Lupiáñez BarrionuevoFernando de Villena y Antonio Enrique, el 5 de diciembre de 2012, durante la presentación del primer libros de relatos de José Lupiáñez titulado “El chico de la estrella”. 

 

 

 

 

 

 

 

            UNIVERSIDAD

            Mi paso por la universidad supuso una pérdida de tiempo, como el de la mayoría de los estudiantes españoles. Conseguí mis títulos y poco más. Algunos nuevos amigos como Ricardo Proupín o Francisco Morales Lomas… Algún que otro profesor digno como Emilio Orozco, Antonio Gallego Morell o Nicolás Marín… Cada vez más me interesa la literatura del siglo de Oro y comienzo a tratar con otros escritores como Antonio Enrique o José Lupiáñez que en seguida se convertirán en amigos míos inseparables.
            DOCENCIA
            Nunca me ha entusiasmado la docencia. Quisiera estar siempre aprendiendo. Pero en España es muy difícil vivir de la escritura. He tratado siempre de realizar mi trabajo con toda dignidad y en mis inicios como profesor hasta tenía cierta ilusión. La nefasta LOGSE acabó con todo. Nuestros jóvenes de hoy están completamente manipulados por el capital, narcotizados por las indigestas y violentas películas que nos imponen los EEUU. Me parece muy difícil luchar contra el mundo de la imagen para imponer el de la palabra. Ya apenas se lee. La competencia de las televisiones y los ordenadores resulta demasiado fuerte. Y para colmo, las editoriales poderosas han convertido, en connivencia con el CESID, todo el mundo cultural español en una gran mentira: falsos valores, “best sellers” hueros de cualquier pensamiento, etc. Todo ello aleja cada vez más a los posibles lectores. La gente se cansa de tanto fraude.
            ESCRITURA
            Escribir para mí supone una necesidad: se trata de ofrecer mi visión única del mundo. Cada cual posee una visión única, sin embargo son muy pocos los que se paran a pensarlo. La autobiografía de cualquier persona merece nuestro respeto y nuestro interés.
            Escribo también persiguiendo un eco de la belleza que nos rodea y nos huye, efímera siempre. Y también en pos de una luz en el misterio que de continuo palpamos sin ser conscientes de ello.
            AUTOBIOGRAFÍA
            Quien desee saber más de mí puede buscarme en mis libros autobiográficos “El desvelo de Ícaro”, “Atlántida interior” y “La primavera de los difuntos” . Cada uno de ellos se corresponde con una etapa de la existencia. Al presente trabajo sobre el cuarto y último volumen que se titulará “Hiemal” pues considero que ya piso mi propio invierno.
            GRANADA
            Con Granada he mantenido siempre una relación muy especial de amor-odio. Es una ciudad maravillosa, como Florencia o Toledo, pero los granadinos somos terriblemente destructivos; no respetamos nada. Si en cualquier otra ciudad histórica se hubiesen cometido la mitad de las tropelías que aquí, al punto se pondría el grito en el cielo. Pero los granadinos con demasiado autocomplacientes. Les gusta “lo de toda la vida”. En esta ciudad no existe una crítica profunda sobre nada. La Universidad es cualquier cosa menos universal. Mientras que ciudades mucho más pequeñas como Melilla o Córdoba cuentan con tres periódicos, aquí tenemos sólo uno. Toda disidencia está pues, llamada al silenciamiento. Y los verdaderos gobernantes de Granada son dos o tres constructores a los que la belleza les importa un rábano. Luego, eso sí, sobre cualquier tontería se polemiza durante años. El caso del “Rey Chico”, el del “Caballo” del ayuntamiento o el de “La Toma” son auténticas cortinas de humo para evitar polémicas mucho más profundas. Ésta, que debía ser una ciudad para el arte, se ha convertido en un paraíso para los especuladores, las monjas bachilleras y una monolítica burguesía carcunda (pese a cierto barniz progresista) que se perpetúa en los despachos de la administración y en el claustro universitario. Y así desde el siglo XVI.
            Yo sobrevivo en esta ciudad gracias a amigos como Ángel Moyano, Gregorio Morales, Enrique Morón o Juan J. León. Nuestra tertulia de los miércoles oxigena la vida cultural de una Granada que hasta hace muy poco atufaba a dictadura de pseudoizquierda.
 
            FAMILIA
            Mi familia, mis hijos y mi esposa, representan lo mejor de mi propia vida. Algo que merece la pena todavía más que la Literatura. A ellos he dedicado gran parte de mi obra y en especial ese poemario titulado “Vos o la muerte”.
            Hoy que tan desprestigiados están los valores familiares, yo lucho cada día por mantener unida y feliz nuestra familia. ¡Debo tanto a la paciencia y al constante estímulo de María Teresa…! ¡Disfruto tanto cada día cuando a mis hijos, Fernando y María Teresa, me cuentan sus cosas…!
 
            VIAJES
            Mi otra pasión es el viaje, aunque cada vez resulte más incómodo desplazarse, ya que el viajar se ha convertido en algo casi rutinario para las masas. De todas formas, me parece algo muy positivo. La Humanidad mejorará gracias al viaje.
            Con mi familia he recorrido numerosos puntos de Europa. También conozco algo de África y sueño con tener algún dinero para cruzar el Atlántico hacia la América Latina o ir hacia la India y China y qué se yo… Soy un vitalista y jamás me faltan las ilusiones.
 

 

 

 

Reseña de Los siete libros del Mediterráneo de Fernando de Villena

 

 

Los siete libros del Mediterráneo es, dentro de su producción, un faro luminoso desde el primero hasta el último de sus versos. El autor fleta el barco con esmero y consigue que el lector se sienta cómodo en esta travesía. Este brillante homenaje al Mediterráneo, publicado por Evohé en una edición cuidada y cuya portada es una amable invitación a morder la manzana de nuestra tradición occidental, es una joya preciosa, un inapreciable deleite para nuestros sentidos.

 

 

 

¡Oh mar, oh tú, supremo

moderador piadoso de mis daños!:

                  

                                                 Luis de Góngora

Mas ninguno sintió, como yo ahora,

la muy triste dulzura

de las olas constantes y los hombres,

(las más bellas y frágiles, Dios mío,

de las obras nacidas por tu mano).

                                    Fernando de Villena

Le decimos a la Poesía “Poesía, haz que aparezca la rabia de Aquiles” y voilà, sentimos cómo esta rabia  penetra hasta las entrañas. Eso es poesía, un acto del lenguaje, sí; pero un acto en el que nos proyectamos. No se entendería la poesía sin esa inmutabilidad de la  palabra, capaz de renacer una y otra vez, cual ave fénix, en un tiempo astillado por la prisa, la ambición y la guerra.  Cuán fértiles son los versos que nos conmueven, cuánta enseñanza puede encerrarse en esa ánfora, en el seno purpureo de la poesía: “No es terrible la muerte, pues antes de morir somos eternos”.  No necesitamos más alimento, los versos de Fernando de Villena realizan esa transmigración del alma, consiguen mitigar nuestra ira ante la inexorabilidad de la existencia, gracias al bálsamo de la palabra. Fernando es uno de esos autores que ha llegado con paso firmen a ese jardín de las Hespérides, un huésped importante de la casa de la Poesía. Desde que apareciera Pensil de rimas celestes en 1980, este doctor en Filología Hispánica, no ha permitido que las voraces sirenas de los coches, “ese gran color de asombros” –como él mismo las llama- acallen su canto; él lo ha conseguido, ha logrado que nosotros nos detengamos a escuchar la música que sale de su flauta de oro, su palabra poética. Y nos detenemos porque su canto es argentado y brillante, porque recoge el néctar de los poetas del Siglo de Oro, porque despiertan nuestras emociones, y qué duda cabe, que eso es lo que consigue la buena poesía.

El MEDITERRÁNEO

 

Vincularé Tu nombre al mío, humilde,

tu nombre azul y altísimo,

de sueños y de gestas,

de dioses y de efímeras banderas…

Tu nombre, sí, tu nombre, mar sagrado,

mar venerable y nuestro,

sabio Mediterráneo,

carcelero de fustes y denarios

que en fantasmas trirremes

son teatro a la danza de las algas,

al salto de los pulpos,

a la huida argentina de los peces

hacia grutas de sombra

donde su pena esconden y vergüenza

sirenas derrotadas…

 

Como ciñes el brazo de las rocas

con pulseras de fénices espumas

ceñiré con mi verso fugitivo

el talle de tu historia,

feliz Mediterráneo;

como besas los puertos más ocultos

y las dársenas sucias

de las viejas ciudades

que a tu espejo se asoman

-suave o apasionadamente fuerte-,

así yo besaré tus hondas calas,

el corimbo festivo de tus islas,

la memoria festiva de tus héroes…

 

En vano la medusa

que llega desde América del Norte

podrá con su veneno contagioso

derrotar la hermosura de tus mitos,

la suavidad perfecta

de las muchachas ágiles,

morenas tal las ánforas de antaño,

que miden con tus olas sus cinturas,

con tu espuma sus risas;

la dicha ilimitada de quedarse

tendido en las arenas escuchando

con los ojos cerrados como valvas

tú pálpito dorado,

tu pálpito de siglos y leyendas.

 Los siete libros del Mediterráneo, Fernando de Villena

Editorial Evohé

 

 

 +

 

Tendido bajo el sol, verde o celeste,
se mira en el espejo de los cielos
y sonríe de espumas en espera
de otra voz que proclame su grandeza.

+

No parece este rincón de ninguna parte morada amable o placentera para el hacedor de estrofas, ni sus lares hogares cálidos, puertos francos, plácidos refugios para Calíope, Erato u otras musas del verso. No parece esta onírica irrealidad del éter que frecuentamos ágora hospitalaria con rapsodas que a la vida canten como sólo saben hacerlo los que en verso sueñan. No parece este mundo, pese a que sobre otros flota y en ellos se contempla, saber nada de líricos ensueños ni evocadoras rimas. No parece Hislibris, no, lugar acogedor para poetas. No parece, no… pero debiera.

Porque también los versos recrean historias y porque también la Historia recorre los versos; y, sobre todo, porque en las historias que contaron y cuentan, que cantaron y cantan los bardos, juglares y trovadores, se esconde, encriptada entre rimas, aliteraciones, ritmos y cuartetas, el Alma de la Historia. Como ese aroma vetusto, rancio, añejo y, sin embargo alegre, juvenil, lozano que, trasvinado entre los versos y exudado en pequeñas gotas nostálgicas y a un tiempo refrescantes, melancólicas pero esperanzadas, salpican, con la fuerza de un mar embravecido, al lector que paladea, saboreando cada palabra, cada verso y cada estrofa, la hermosa oda de Los siete libros del Mediterráneo.

Porque el exquisito y hondo regusto del pasado revivido y la intensa fragancia del presente imaginado conviven, indisolubles, en los versos de Fernando de Villena. Su mar, nuestro mar, es un mar longevo y vivo, provecto y joven, antiguo y nuevo, curioso y sabio, resabiado e inocente a un tiempo. Un mar cuyas olas, en su eterna llegada a las orillas, nos devuelven una y otra vez recuerdos de gentes y mundos que fueron, que fuimos, y que, en su eterna partida hacia el horizonte, arrastran consigo el dolor y los sueños de gentes y mundos que son y que somos. Y así, desde Granada a Jerusalén, navegando en cabotaje, haciendo escala en el ayer tantas veces olvidado y más aún añorado, y recorriendo el hoy imaginado a través del sufrimiento y la esperanza, Fernando comanda y pilota su nave hacia esos puertos que él -como nosotros-, ahora y siempre sueña, siente y vive tan lejos, tan cerca. Barcelona, Venecia, Roma, Corinto, Atenas, Constantinopla, Esmirna, Damasco, Acre, Jerusalén… y en el retorno Alejandría, Trípoli, Cartago, Tetuán, Málaga… Qué bellos, Fernando, los versos melancólicos que quedan en Rávena («¿Quién hoy decir podría/ que fuiste de un imperio la cabeza/ Oh, Rávena, escabel ya del silencio»); que hermosa la Troya de ayer desde el presente («Murieron los guerreros/ y quedan las palabras»); que emoción contenida en Jericó («Allá está Jericó/ posada tal paloma sobre el llano/ muy cerca ya de la ciudad más santa»), que anuncia esa Jerusalén que tanto lloras y que tanto amas…

Hoy, como ayer; el ayer, transfigurado en hoy, que devuelven las olas de un mar celeste y deslumbrante a veces; verdusco, gris y oscuro, otras; y, muchas, demasiadas, teñido en rojo sangre. Ese ayer al que Fernando canta desde el hoy que en él se busca y reconoce: los mismos sueños, virtudes, gestas e ideales de aquella Grecia, cuyo valor e inteligencia, hoy como ayer, asoman entre miserias, ruindades y llantos; la misma noble grandeza, la misma y viril fuerza que, hoy como ayer, se hunde en un abismo de soledad y olvido, en la muerte que acecha, próxima e inexorable, a aquella vieja Roma que Fernando dibuja con perfiles de cónsul veterano y entre cómplices guiños al cantor de la muerta Itálica («No me inquieta la muerte, Fabio amigo./ He vivido bastante y ya me cansan/ la rueda de los meses/ y la ciega estulticia de los hombres»); el mismo apasionado y sensual amor, la misma fe intimista que eleva al cielo la oración del alma, el mismo honor inquebrantable al que cantaron aquellas dos orillas tan próximas y tan distantes, la de Alá y la de Cristo, y que hoy como ayer, se maldicen, se temen y se odian, llorándose a sí mismas en las joyas que para siempre perdieron: la Constantinopla que se fue y la Granada –tu Granada, Fernando- que vino: ¡Qué buena embajada! ¡Qué nueva tan nueva / la que el aire lleva! / «¡Ganada es Granada!.»

 

2 Comments to "Fernando de Villena"

  1. fernando de Villena says:

    Te agradezco profundamente todo lo que has hecho por mi obra. Desde Granada un gran abrazo de tu amigo Fernando.

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