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Raúl Rosarino


Rosario, Argentina

 Aunque parece que está nublado, no hay nubes; aunque parece que está soleado, no hay sol. La escenografía es extraña y uno va caminando sin caminar, uno se siente persona, pero sabe que no es persona, uno se siente cámara de video, pero no lo es tampoco. Uno sabe que hay colores, pero sería incapaz de describirlos

 

Raúl Astorga es rosarino, argentino. Autor de relatos, novelas y guiones para videos documentales y de ficción. Hace periodismo en revistas institucionales y de cultura, colabora con frecuencia en programas de radio y participa en blogs de periodismo audiovisual. Tiene publicada, para dispositivo electrónico, su novela Nunca estuvieron en la Luna.

Escribe en su blog de ficción urbana: Vivo en rosario.

Contacto con el autor:
raul.astorga [at] yahoo.com.ar

 

 

 

 

 

 

Haz clik aqui, para escuchar un cuento de Raul Astorga y su voz!

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Una vez al año

 

ELLA LLEGABA una vez al año, en enero, porque allá era invierno y se tomaba unos días de vacaciones para venir a ver si aún la casa estaba en pie. Sin embargo, Cali, que se iba a trabajar de guardavidas a la costa y nunca estaba en el barrio en estas épocas, no sabía de esas visitas y para él, desde hacía unos diez años la casa se moría poco a poco. Esta vez, Cali tuvo una lesión que le impidió partir al mar y andaba conteniendo la bronca porque se perdía el viaje y el dinero que lo salvaba por unos meses.

Esa tarde, durante la sagrada hora de la siesta, Cali se refugió del sol con un viejo libro debajo del árbol que estaba justo en la mitad de la cuadra y en la calle, lo que obligaba al pavimento a dibujar una curva como en un antiguo circuito de turismo carretera. Y esa curva y ese pedacito de paraíso terrenal de verano estaban frente a la casa de ella. Por eso, cuando Cali se sentó y sacó el señalador de entre las hojas del libro, miró como al pasar la ventana y, antes de posar los ojos en el nuevo capítulo a leer, repasó el postigo de metal de la ventana que le pareció entreabierto. Se levantó y cruzó la calle secándose la transpiración con la esperanza de que no fueran ladrones quienes estaban allí dentro, con el ruego de que fueran el viento y el tiempo quienes lo habían sacado de lugar. Se asomó a la ventana y no vio a nadie, ni luces encendidas, ni ruido que permitiera creer que alguien deambulaba por allí. Miró el árbol allende la calle, pero antes de volver a la novela que estaba leyendo quiso asegurarse. Golpeó la puerta y comenzó a transpirar más cuando escuchó el metal de la llave dando una vuelta y se acentuó su desconcierto cuando vio que la puerta empezaba a moverse. Ella lo miraba en silencio y ese aire sepulcral de la siesta del barrio se hizo eterno por sólo unos segundos. Cali susurró su nombre, el de ella, y ella, sin temor a equivocarse, dijo: Cali.

Pasaron la tarde terminando de regar las plantas del inmenso patio que, mágicamente, permanecían vivas, como si alguien se ocupara de ellas durante el resto del año. No se dieron demasiadas explicaciones, no se contaron sus vidas actuales, y se miraron como otras veces mientras tomaban el café en saquitos que ella había traído en su cartera. Se rieron de episodios pasados, más tarde, en el dormitorio que olía a humedad en todos los rincones y ella le pidió a Cali que le leyera el primer capítulo de la novela que tenía entre sus manos, para ver si la conseguía aún en alguna librería de viejos. Cali, con su voz gutural y pausada leyó: «… Si nunca pensé que existía Herzogenaurach, menos pensé que estaría una tarde gris mirando hacia la ventana, los autos a sólo cuarenta por hora, los perros escapando de la llovizna, buscando algún refugio, y Diana, viniendo hacia mí con el diario de hoy, donde seguro está la noticia acerca de Argentina que escuché a medias por radio. Diana se acomoda el pelo que comienza a mojarse y se le cae la bolsa de galletitas para el mate, tal vez el último mate en Europa. Todo se confunde con aquella época…». Ella se dio vuelta y Cali continuó leyendo lentamente con su cara apoyada en su espalda, la de ella, hasta que su voz se fue apagando dejando lugar al silencio de la siesta en el barrio.

Se despertaron con los primeros truenos de aquella incipiente tormenta de verano. Los árboles comenzaban a quebrarse hacia un lado y hacia el otro, las bandadas marchaban inquietas quién sabe hacia dónde. Ella se levantó, se duchó, porque todo aún funcionaba en esa casa, como antes, como siempre… revisó su cartera para no olvidar nada y le dio a Cali una tarjeta invitándolo a no perder contacto, allí estaba su dirección de correo electrónico con un dominio del primer mundo detrás de la arroba. De pronto irrumpió el ringtone del celular de ella, que cuando atendió dijo: un minuto, por favor. Salieron y vieron que el remisse estaba esperando casi en la esquina. Con las primeras gotas de una lluvia que apuraba la partida, se despidieron. Ella lo besó en la boca y le acarició la cara. Cali se quedó, inmóvil, clavado en la vereda hasta que el coche desapareció del todo del lugar. Cruzó la calle y bajo el árbol de la curva abrió el libro sin temor a que se mojaran sus hojas. Volvió a leer: «… todo se confunde con aquella época…». Puso el señalador al comienzo del libro, lo cerró y llevándolo debajo del brazo se dio vuelta, miró la casa de enfrente y entró en la suya antes de que se desatara el diluvio.

 

 

Nunca estuvieron en la Luna (Spanish Edition) [Kindle Edition]

raúl astorga (Author)

Book Description

Publication Date: October 12, 2011
Es la historia de un hombre que intenta recuperar 150 mil dólares que su ex socio y ex amigo le quitó del corralito bancario en 2002. Para eso contrata a otros dos hombres que necesitan algún dinero para abrir un puesto de comidas para camioneros y automovilistas a orillas de la ruta. La novela narra una especie de thriller afectivo donde las convulsiones socioeconómicas de un país se mezclan, invariablemente, con los comportamientos íntimos de los humanos. Historias de amores y desamores dentro de una gran historia que harán recordar al lector momentos que jamás ha vivido.Raúl Astorga es argentino, autor de relatos, novelas y guiones para videos documentales y de ficción. 

 

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-UNO-
Aunque no pasaron muchos años y mi memoria permanece latente, he tomado la decisión de escribir acerca de estos hechos, de dejar de ser un cronista errante, de ponerme a trabajar, de lograr que todos sepan cómo ocurrieron estas cosas, y que el azar o la curiosidad las disperse por el mundo si nadie acepta enviar estas páginas a imprenta. Aunque no comprendo del todo por qué los hechos terminaron como terminaron, escribo antes de que la mitología, que todo lo transforma con el correr del tiempo, lleve a tergiversar los episodios. Aunque Trujillo, Varela y Cedrón explicaran sus formas de vida, nada tendría más valor que contarlas tal como fueron. Aunque se explicaran mutuamente sus actitudes, para justificarse ante cada paso, todo transcurrió sin detenerse. Los tres, Cedrón, Trujillo y Varela, comenzaron a trabajar juntos poco tiempo después de la instauración del corralito bancario, denominación mediática de la incautación de ahorros que dispuso el Ministerio de Economía de la Nación, y que terminó siendo el primer paso de la caída del gobierno del presidente De La Rúa. A partir de ese momento, cada hora comenzaba a parecerse a un siglo, los cambios y la demanda social crecían sin barreras. Las muertes comenzaban a convertirse en símbolo de una época que muchos quisieran olvidar rápidamente por razones diferentes. De ahí el apresuramiento de Cedrón, cuya propuesta inicial sufrió algunas modificaciones debido a las exigencias y negativas de sus dos socios. Trujillo comprendía los intereses que movilizaban a Cedrón, pero intuía sus propios límites. En cambio, Varela, algo optimista y esperanzado, consideraba en el fondo la posibilidad de un cambio en la manera de pensar de Cedrón. Sin embargo, todo podía experimentar algún vuelco. Todo aquello que los unía, llegaba a su fin en una vía de ferrocarril en desuso que, en esa zona, dividía sus vivencias. Hacia el este, que era el sector productivo del grupo, estaba
Cedrón con su familia. Hacia el oeste, tras una cortina de niebla permanente, que pocos se atrevían a cruzar, estaban Trujillo, Varela y toda su gente. Bajo las mismas estrellas, bajo la misma luna, establecieron sus diferencias y coincidencias. Mientras las gargantas de la gente proclamaban que se fueran todos los dirigentes del país, y comenzaban a cabildear en espontáneas asambleas barriales, ellos desnudaron sus más urgentes ideas en una semana que nació para convertirse en decisiva.

 

-DOS-
Aquel lunes, Varela tomó el mate con la intención de preguntarle a Trujillo por sus desapariciones de los domingos. Estaba sentado sobre un cajón de plástico, que seguramente habría olvidado algún sodero, con una almohadilla que le permitía descansar los glúteos. Miraba el mate de madera, como haciendo tiempo, cuando lo sobresaltó el golpe de pelota en la pared que daba al baldío pegado a las vías, donde quince o veinte muchachos revivían emociones futboleras del día anterior. Trujillo puso la pava sobre la hornalla que estaba encendida en mínimo para ahorrar el gas que proveía una garrafa de quince kilos que le fiaba don Pinzón desde hacía meses. Miró a Varela para apurarlo a que termine de chupar su vuelta porque se demoraba y rehuía la mirada hasta encontrar la frase justa que le permitiera interrogarlo por esas cuestionadas salidas. Para estirar el momento, Varela manoteó la tapa de un disco de vinilo que sobresalía en la discoteca de Trujillo. -¿Quién es éste, En… jel… ver…? Trujillo pareció agradecer que se interesara por ese cantante. -Engelbert Humperdink. -¿Quién? -Un cantante, que tuvo su apogeo, su momento de triunfo, hace años. -¿Y te gusta? -Se lo saqué al musicalizador de una radio. Bah, se le cayó cuando iba a subir al auto, y no se lo devolví. Me lo quedé. -¿Lo escuchaste? -Mirá lo que son las cosas. Me lo quedé como si se tratara de una curiosidad, y ahora, la compañía discográfica y Humperdink lanzaron un concurso para premiar a quien tenga este
disco en todo el mundo. -¿Y qué regalan? ¿Una entrada para un recital? -Dos mil dólares y un viaje a Europa. -¿Tanto vale este disco? -Es que contiene un tema de Sandro: “Por ese palpitar”. -¿Sandro, el de acá? -Sí, sí. El gitano. -¿Y cómo van a saber quién lo tiene… al disco, quiero decir? -Había que llenar un cupón en la disquería del bulevar. Ya lo llevé, y el jueves o viernes se va a saber desde Buenos Aires quién ganó. Varela dejó el mate sobre la mesa y comenzó a mirar el disco de otra manera, hasta pasarle la mano con la suavidad de quien se halla por primera vez ante una obra maestra de valor inconmensurable. Movía las cejas como si ese movimiento fuera producido por un tic. Trujillo lo observaba con cierto disimulo, mientras le echaba agua humeante al mate que le tocaba degustar. Antes de la primera chupada, dijo algo que descolocó a Varela. -Vos me querés decir algo, ¿no? -Quería saber si quedó portland en la bolsita. Porque nos va a agarrar el invierno con todos esos agujeros que dan al sur. -Sí, hay portland. Trujillo dio la primera chupada, no con la intención de subrayar la afirmación sino para aclarar tras la pausa. -Me refiero a otra cosa. No sé por qué, tengo la idea de que querés decirme algo importante. ¿Extrañás a tu familia? -No. Digo, sí, claro que extraño a mi familia. Ya te lo dije varias veces. Pero no es eso. -¿Y qué es? -No te enojés. Vos sabés que no me gusta ser indiscreto con preguntas… pero esta vez…. ¿a dónde carajo vas los domingos? Trujillo suspiró. Chupó el mate con ruido, tranquilo y lentamente. Sonrió apenas como si Varela lo hubiera puesto contra la pared. Sin embargo, ambos sabían que, entre ellos, no cabía
una segunda pregunta. Si Trujillo se negaba a responder a la inquietud de su compañero, todo quedaría allí. Pero le iba a responder. Tenía ganas de que alguien más supiera lo que le estaba pasando. A esa altura, en todo el barrio se rumoreaba acerca de sus escapadas, como si a su edad tuviera que rendirle cuentas a alguien. Se suponía, era vox populi, que se iba a ver fútbol y que le daba vergüenza que se supiera, por su nutrida biblioteca, su discoteca, su videoteca y todas las ecas, más las clases de apoyo a los chicos del vecindario. Pero esa hipótesis se caía vertiginosamente al surgir en el análisis el dato que demostraba que un domingo era local Central y otro domingo era local Newell’s’’. Y él se iba todos los domingos, desde la mañana temprano, hasta la noche, muy tarde. También se manejaba la idea de que iba a las dos canchas para vender choripanes; pero no lo veían llevar ningún carrito con la garrafita, las bolsas de carbón, los panes, los chorizos, la mostaza, el chimichurri y todo lo que hacía falta para sacar adelante tal negocio. De ahí se desprendió la versión que aseguraba que Trujillo era cuidacoches. Nada era seguro, todo era un misterio sin demasiadas luces. Hasta que Trujillo habló. -Estoy con una chica. Dicho esto, se bajaba el velo para siempre. Quedaron mirándose sin saber cómo continuar. Varela frunció los labios hacia abajo y comenzó a asentir con su cabeza. Trujillo le alcanzó otro mate y le agregó una explicación: -Vive con su madre, una mujer muy grande. Yo les hago el asado del mediodía, después vemos alguna película y, si hay buen sol, salimos por ahí. Varela se puso un poco rojo ante la confesión y chupó el mate con cierto nerviosismo. Por eso, se puso a la defensiva. -No creas que… Trujillo, con buena voluntad, lo interrumpió. -Está bien. Quería que lo supieras. Una tarde de éstas te lo iba a contar. Todo quedó allí. Lo de la chica no se tocó más ese día. Si Varela esperaba conocer otro dato, su nombre por ejemplo, se quedó con las ganas. No iba a preguntar más. Se dedicó el resto de la mañana a los arreglos de las paredes deshechas por el tiempo. Buscó el cemento portland, un balde, el cucharín, un poco de cal y de arena que sobró de alguna reparación
hecha anteriormente y, tras mezclar todo con agua en la proporción adecuada, se abocó a tapar agujeros. Trujillo se dedicó a seleccionar hortalizas. Entre lo que halló en algunas bolsitas, y lo que pudo recoger en la quinta que ocupaba parte del patio, le alcanzó para una ensalada que sirvió de almuerzo ese mediodía. Se sentaron en torno de la mesa de nerolite gris, de ésas que se usaban en los setenta con el orgullo de tener algo nuevo. Sobre la misma había algunos tomates bien cortados, unas hojas de lechuga, algún repollo y dos o tres zanahorias ralladas con un rallador casi oxidado. Era algo fresco que les permitía sobrellevar el calor de ese mes de enero de 2002. Trujillo y Varela no confiaban del todo en Cedrón. Aunque no hablaban de él cuando estaban solos, algunas referencias a sus intenciones daban muestras de cierta distancia.

 

Raul ofrece su libro si se comunican al programa de radio con Diana Rios..

 

 

 

 

 

 

 

Nunca antes, al salir a la calle de mi ciudad, había podido percibir que la tristeza puede instalarse en el aire. Sí, otras veces pude percibir que la gente solidaria, conmovida, que habitualmente está dispersa, que hace parecer que todo está perdido, en casos como este se une y toma fuerza, toma vuelo y se transforma en humanidad invencible. Esta semana, en mi ciudad ocurrió la tragedia más grave de su historia, y eso mueve muchos sentimientos y de una u otra manera logra identificarnos.

En 1986, la casa de mis viejos, en Empalme Graneros, sufrió una de las peores inundaciones de la historia, en la cual perdimos prácticamente todo. A mis 22 años, sentí que había perdido parte de mi historia personal (mi ropa, mis libros, mis fotos de adolescente, mis revistas). Tuvimos que sacar fuerza de nuestro interior más profundo para seguir, para renacer, porque estábamos vivos. Hace un rato, un actor de Buenos Aires, en el programa “Las noches y los cuentos” de Radio América, leyó un relato mío, “Las relaciones bárbaras”, y me hizo sentir algo fuerte, algo que tiene que ver con nuestras historias, las que nos fortalecen, mientras estemos vivos. Lo acabo de grabar y dedico este relato a las mujeres y hombres que no bajan sus brazos, ni resignan sus sueños, a pesar de las inundaciones, de las tragedias como la que nos entristece esta semana y sobre todo a aquellos que la siguen remando día a día en condiciones injustas… A todos los que no resignan sus historias e intentan consolidarla todo el tiempo… estos 9 minutos…

 

 

Las relaciones bárbaras, leida por el actor  Enrique Dimasi, para escucharlo solo haz click en el link

 

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