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NOVELA

                                              A mis queridos lectores…

       ¿Quién sabe dónde está el límite entre lo sano y lo enfermo? ¿Por cuántas situaciones tenemos que pasar para sentir que hemos hecho lo correcto? ¿Desde donde empezamos a comportarnos con nuestros hábitos adquiridos? ¿Y qué tenemos que hacer, cuando hemos encontrado más de una vez, nuestra imagen deformada en el espejo?
¿Quién sabe cuando empezamos a perder la cordura para convertirnos en animales por instinto?  Seres pensantes que perdemos el control sobre nosotros mismos.
¡Ahí está el peligro!
¿Hasta qué punto nuestro comportamiento es visto como un ejemplo, y tenemos la obligación de enseñar algo positivo y bueno? Sí,  es cierto que caemos en errores, pero ¿quién aprende sin equivocarse primero? Todo es válido para aprender, pero no lo es tanto cuando afecta a terceros. Pero entonces… ¿cómo reaccionar?
Las experiencias que pasamos a través de nuestra vida se convierten en enseñanzas cuando se asimilan y son aceptadas.  El perdón también es indispensable para sentirnos sin esa piedra pesada en nuestro camino.
Que no nos doblegue los sentimientos de orgullo. Pedir ayuda y reconocer los errores o sentimientos negativos, es la primera pauta para corregir y seguir caminando.
No dejes de sonreír, aprende a ser feliz.  Mírate en tu espejo ilumina tu rostro con una sonrisa y siempre queriéndote más que nunca.

 

LA FAMILIA

…….

 

De camino, pasé con el carro por calles donde siempre había olor a agua estancada y en la esquina, al girar, alcancé a mirar a una señoras, de pié ante una puerta, con sus ropas transparentes y con un abdomen voluminoso algunas de ellas.

Otras, en cambio muy jóvenes, pero con exagerado maquillaje, riéndose de todo el que pasaba, mientras que con sus manos jugaban con una cortina ya despintada por el sol, que solo separaba la calle de un oscuro cuarto. Al mismo tiempo que el carro seguía su curso, no podía dejar de meditar sobre ese panorama. ¿Dónde estaban las madres de esas niñas pretendiendo ser mujeres o donde quedaban los niños de esas señoras grandes?

Al dar la vuelta iban quedando atrás los anuncios de los negocios que  miraba al pasar: “La Adelita”  o  “La Casa de Oro” que mi mente siempre ha guardado, por la impresión que me dejaba el lugar.  En muchas pláticas suele surgir el nombre de esa colonia… La Coahuila.  Un sitio muy popular entre personas de ciertos ámbitos de USA, porque es ahí donde ellos pueden ir a disfrutar de una forma “barata”. Disponen de variedad… Chinos, japoneses, americanos, italianos, hay para todos los gustos y exigencias, a la hora de pasar un rato “agradable”.

Ya  iba llegando a mitad de cuadra, cuando alguien sale a mi encuentro haciéndome señales. Alguien que conocía a salvador, se apresuró a decirme donde había un lugar seguro para estacionar, de modo que no me fueran a robar el carro.  Me abrió la puerta del auto y me dijo: “Salvador está en el supermercado” (Se podía mirar la admiración que todos los de ese sitio sentían por él). Le di las gracias y corrí para entrar al supermercado y no verme entre esas calles.

Era otro mundo.  Las primeras veces, debo confesar que mirar ese ambiente me causaba dolor, porque observaba a los pequeños sin ropa cuando era invierno, y a las mamás sin que les importaran de sus hijos. Algunas veces llegué a presenciar a hombres con sus parejas, discutiendo en plena esquina, diciéndose groserías, incluso pegándoles mientras los pequeños veían atónitos la escena.

También se visualizaba a las personas que bebían y que por su aspecto, llevaban más de un día en la calle. Repentinamente tras griterías con exclamaciones de: ¡duro, duro, duro! Se generaba un tumulto de personas a su alrededor, pues se había cruzado a puñetazos con otro en su mismo estado. Dándose una y otra vez, como si no les doliera nada  y la gente deleitada con tales episodios.  Yo salía en ocasiones, a ver qué estaba sucediendo y se me hacía tan crudo ver la sangre que les corría por la cara y ellos seguían  y seguían, como si fuesen autómatas. El publico emocionado, los alentaba enardecidos, hasta que uno de los dos se derrumbaba en el suelo y se acababa la trifulca. A veces me asustaba, porque el derrotado se quedaba tan quieto que parecía que lo habían matado a golpes. Pero los demás hacían un ademan de haberse terminado la gresca y tan tranquilos seguían su camino. Al rato solo quedaba el golpeado tirado en la calle, o quizás llegaba la patrulla con su sirena, tomaban al agresor y al otro lo dejaban en el piso.

Debo confesar que me daba vergüenza estar en ese medio. Ahí estaban los padres y obviamente Salvador en medio de todo eso, porque allí se encontraba el local.  Pero qué situaciones se vivían.  Eran dos mundos totalmente antagónicos. En mi casa todo era confort y en donde tenía su negocio,  todo era de terror.

También llegué a ver algunos hombres vestidos de mujeres, con sus pelucas y sus tacones altos; groseramente pintados porque era como inevitable la satisfacción de verse como mujeres lindas y tener un macho a su lado. Era curioso, porque había ocasiones que esos mismos hombres llegaban  hablando como señores y vestidos como tales y después de unas horas regresaban totalmente transformados, con ademanes exagerados de mujer… “Ay ya me voy a la Adelita, Salvador, dame unos cigarros que estoy muy enojada, ¡porque Pablo me dejo plantada!” o quizás la otra cara, mujeres con sus pantalones de hombre y un cuerpo exageradamente pasado de peso, el pelo corto sus camisas de hombres, que fácilmente podían pasar por tales, hasta que hablaban y se sabía que eran mujeres. Y también lo habitual, cosas de parejas… Gente llorando porque se les había ido el amante y gritando  que porque los habían dejado. Entre todo ese extraño y tan dispar mundo, también había deporte. Sí señor, jugaban football. ¿Fabuloso verdad?

Algunos de los hombres de la comunidad estaban integrados en un equipo de football, el cual era comandado por el “gran señor Salvador”, y él los conducía hasta el terreno donde jugaban, cerca del mar. También, les compraba la ropa para el equipo y éste tenía el nombre del supermercado. Algo que para mi esposo era “muy emocionante”. La cosa era que  al término del juego entre todos compraban  cervezas. Después de las dos horas que duraba el juego, cinco, bebiendo hasta que ya era de madrugada.  Fue cuando descubrí porque Salvador llegaba tan tarde a casa y se olvidaba por completo de su esposa.

Había también unas amigas de mi marido, de hacía muchos años atrás,  con las que se decía cosas  con demasiada confianza. Eso lo descubrí también en una de las visitas al mercado. “¡Hola Salvador!”… Entraban y se despachaban contándole hasta sus cosas más triviales, que sus hijos de once años ya no estaban con ellas; llorando y bebiendo, seguían narrándole que eran unos ingratos porque le dijeron que ya no la necesitaban… y bla bla. Salvador,  el gran señor de la colonia, las apoyaba emocionalmente, mientras que yo solo escuchaba y figuraba pintada. Ellas muy agradecidas por el tiempo que les brindaba, al tiempo que platicaban y bebían (porque compraban cerveza mientras narraban su queja), hasta que se quedaban en un estado de ebriedad que no se sostenían en pie  y en ocasiones hasta dormidas.

En ese  lugar había un callejón, muy interesante, escondido tras muchas calles. Se le conocía como el callejón perdido, donde todos los niños pequeños  hasta de unos catorce años, se encontraban,  pero tristemente no para cobijarse y hacer cosas buenas, sino, según el mismo Salvador me contó que se drogaban. Era de público conocimiento, que al que lo veían saliendo de ahí,  era porque se drogaba.  ¿Con qué? Con droga,  inhalando gasolina o pegamento, algo muy sencillo de conseguir.

Yo solo escuchaba, nunca opinaba porque se me hacía tan cruda esa realidad: esos niños pequeños en medio de toda esa gente insensible. Era un mundo incomprensible para mí. En mi casa me habían enseñado que los adultos tenían su privacidad y los niños se dedicaban a realizar su tarea, cumplir con algunas labores de casa y jugar y reír en la tarde.  Allí no había niños de esas características. Solo había niños pasando y mirando cosas desagradables, viviendo en medio  de ese ambiente que ya les platiqué, presenciando a los adultos besarse y acariciarse sin ningún pudor, entre otras cosas.  Todo eso me deprimía y me hacía llorar, que me preocupaba de ocultar muy bien, porque recuerden que a Salvador le disgustaba verme llorar.

Todas esas cosas eran muy naturales en ese sitio. Me sentía tan extraña, fuera de lugar, que no sabía qué hacer. Solo meterme a unos cuartos contiguos al mercado donde se encontraban los padres de él.  Allí había una cocina donde mi suegra hacia unos guisos muy ricos, pero el lugar era tan pequeño…, ese cuarto era cocina, recámara, comedor, todo en un solo ambiente.

2 Comments to "NOVELA"

  1. hombres says:

    buenas acabo de enterarme de tu website y la verdad es que me parece super bueno no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote semanalmente.

  2. dian5057 says:

    Gracias. por dejar tu comentario y seguir este camino.. Todos los temas que nos hacen crecer son importantes para este sitio.. "Soy mujer, pero quiero a la vida y al hombre"

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